5 diciembre, 2022

Sororidad

Eran las 7 de la mañana cuando Ale salía de su casa rumbo al trabajo.

Tocaba tomar un bus hasta la oficina. Era la hora pico, la parada estaba a reventar. La gente se amontonaba, jalaba y empujaba para poder alcanzar en las unidades de transporte que venían “hasta la pata”. Ale era una de ellas. Batallaba para poder alcanzar a subir. Estando arriba, logró quedar de pie a la orilla de un asiento, lo que le permitía al menos poder “agarrarse bien”. El bus iba tan lleno que apenas alcanzaba a respirar. Junto a ella, la persona sentada, un vendedor que traía una bandeja de aluminio repleta de pan. Ale venía incómoda, pero es lo que tocaba todos los días, el servicio de buses no es muy cómodo para nadie a esas horas… mucho menos para las mujeres… pero no era lo único que la incomodaba, Ale venía sintiendo como el hombre sentado a su lado, acomodaba intencionalmente su codo a la altura de su vulva para irla rozando.

Ale sintió mucho asco, miedo, vergüenza, rabia. Lo primero que intentó hacer fue tirar su cuerpo hacia atrás, era tan incómodo que casi quedó en puntas, con tal de alejar su pelvis del codo del hombre. Sin embargo, el bus iba tan lleno, que era inevitable que alguien la empujara nuevamente contra el codo.

Buscaba apoyo en la mirada de las mujeres que venían a su lado, sin embargo, estas pretendían no darse cuenta de lo que pasaba, a pesar de que era evidente su incomodidad.

Cansada y llena de coraje al fin se atrevió a reclamar: “¿Puede usted bajar el brazo? Sé lo que ha estado haciendo. Voy sintiendo todo. Sé que va moviendo intencionalmente su codo para rozarme”. El hombre se quedó mudo. No esperaba que Ale reaccionara, él sentía que tenía el poder que tienen algunos hombres de intimidar a las mujeres --a nosotras no nos han enseñado a defendernos, estamos acostumbradas a callarnos, a no alzar la voz por miedo, vergüenza y asco-- El hombre bajó su brazo.

Ella sintió que había quedado en evidencia, que todas las personas en el bus la quedaban viendo feo, justo lo que no quería. Buscó nuevamente una mirada de apoyo entre las otras mujeres. Solo necesitaba una mirada de aprobación, alguien que con solo sus ojos le dijera: “hiciste lo correcto, hermana, te apoyo”, en cambio lo que encontró fueron miradas de desprecio, la mujer de la par incluso la llamó “Loca”.

Se sintió muy sola, a pesar de que el bus venía tan lleno. Sintió mucha vergüenza, incluso llegó a preguntarse si había hecho lo correcto. Muy en el fondo de ella sabía que sí, pero el sentimiento de tristeza, de duda, no desaparecía. Bajó del bus, llegó hasta su trabajo, entró al baño, trancó la puerta y soltó en llanto. Aún sentía mucho asco, recordaba el roce del hombre en su vulva y sintió ganas de vomitar… pero tenía un dolor más grande, se sentía sola, se sentía despreciada.

Ale solo necesitaba a alguien que le tendiera la mano. A alguien que comprendiera sus sentimientos. A alguien que, como ella, hubiese pasado lo mismo y pudiera imaginarse lo feo que se sentía. Lamentablemente, no lo encontró.

Vivimos en un mundo de hombres. Donde ellos tienen ciertos códigos de masculinidad que los vuelven cómplices, donde entre ellos, se encubren, se tienden la mano, “Simio no mata simio” dicen, mienten, marcan líneas y la respetan.

punos

En este mismo mundo a las mujeres se nos ha enseñado a vivir en conflicto con las demás, a pelearnos entre nosotras cuando un hombre nos engaña, a criticar la ropa, maquillaje y gustos de otra, a juzgar la sexualidad de las demás, a criticar las diferentes formas de crianza… como si fueramos eternas enemigas… ¿por qué no somos igual de hermanas que los hombres?

La respuesta está en el machismo. En el sistema patriarcal, las mujeres somos educadas con actitudes machistas que nos enseñan a competir con otras mujeres, a vernos como enemigas, rivales, a desconfiar, a esperar mala fe de las otras: “prefiero tener amigos hombres” decimos… mientras que los hombres se encubren y tienen camaradería, nosotras nos peleamos y nos arrancamos las greñas con las otras. Pero no, hermanas, esto no es normal, ni natural, no te lo creás.

Hoy quisiera proponerte un cambio… ¿Te imaginás que bonito sería el mundo si las mujeres nos echaramos la mano entre nosotras mismas?

A esto se le conoce como Sororidad, una nueva interpretación para una vieja palabra que nos invita a ser más empáticas con las demás. A ponernos en sus zapatos. La Sororidad busca crear una red de apoyo entre las mujeres.

La palabra proviene del latín sor y significa hermanamiento entre mujeres, propiciando la alianza, el respeto y el reconocimiento. La Real Academia Española si incluía la acepción masculina como es fraternidad, pero era inexistente en femenino. No fue hasta 2018 que la incorporó en su diccionario, definiéndola como:

1. f. Amistad o afecto entre mujeres.
2. f. Relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento.

Teresa San Segundo, la define como “solidaridad entre mujeres, una empatía y un acercamiento hacia otras mujeres” y para la escritora y defensora de los derechos de las mujeres Leslie Morgan es una “hermandad de mujeres que te ayudan”.

“Comportarse con sororidad es básicamente pensar que tienes elementos de opresión en común con las mujeres que tienes a tu alrededor”, así lo define la periodista y humorista Nerea Pérez de las Heras, para quien las mujeres son “naturalmente colaboradoras” y “naturalmente amigas”.

Se trata de ir rompiendo con años y años de cultura que nos pone en contra cuando tenemos muchísimo en común. Seamos el rostro de amor, de apoyo y esperanza para todas las Ales del mundo, que sepan que no están solas.

Trabajando de la mano iremos exigiendo que se reconozcan nuestros derechos, que se haga justicia, haciendo todo el ruido del mundo para que se nos escuche. Juntas somos más. Demostremoles al mundo que “si tocan a una, respondemos todas”.

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