7 agosto, 2022

Un hombre al que acababa de conocer mi violó en su casa

Testimonio de Ruth Toledano

Conocía aquel hombre en un bar, de noche, tomándome un par de cervezas. Era joven, alegre y guapo, platicamos, nos gustamos y nos fuimos por ahí. Decidimos ir a su casa, yo iba obviamente acostarme con él.

En cuestión de minutos sabia que algo andaba mal. La cara le había cambiado por completo. Lo que antes era amabilidad y sonrisas se convirtió en amenazas y frialdad. No me dio tiempo de identificar ese cambio, pero cuando me miró fijo sentí miedo. Era la mirada y el gesto de alguien que podía y buscaba hacerme daño. Se acercó  el equipo de sonido, puso algo muy alto, cuando estaba de el de espaldas vi que había dejado cerrado por dentro , yo ya había decidido que quería irme , pero seguía en pie dentro de esa sala , sin moverme, pávida de miedo , se dio la vuelta y le dije que me iba a ir , no se si le dije que estaba cansada o si tenia algo que hacer, no sé, no me acuerdo. Me miró de una forma que pensé que podía matarme. Empezó a llamarme puta, maldita, zorra y todo ese tipo de palabras que no se le dicen a una mujer.

No sé cuántas veces le dije que me quería ir, a lo mejor no muchas, porque no quería que se pusiera agresivo. Cuando vi que cerraba la puerta de la entrada y le ponía el candado y se guardaba las llaves en la bolsa del pantalón, super que iba a sufrir y que podía morir en cualquier momento, fue horrible, decidí dejarme hacer lo que se viniera en ganas, aguanté insultos que lo excitaban y actué como si no me importaba. Aguanté su brusquedad, como si formaba parte del juego sexual, me puse como que yo estaba jugando al mismo juego que él. Entré a su cuarto, me metí en su cama, su cara me daba tanto miedo que lo que él me hacía en ese momento era lo de menos. No paraba de pensar en que momento me iba a estrangular, o asfixiarme con una almohada, solo esperé que se quedara dormido.

El peor momento fue esperar estando a su lado echada, como si nada hubiera pasada, esperando estar segura de que su sueño era profundo, me dolía caminar, recogí mi ropa, saqué las llaves de su pantalón asegurándome que casi no sonaran, apretándolas fuerte en la palma de mi mano, toda esa carga de emociones en el momento no permitía que dejara de cerciorándome que siguiera dormido, solo quería llegara a la sala y llegar a la puerta. El corazón se me salía, tenía que probar las llaves, el ruido de meterlas, el ruido de la puerta y salir sin mirar atrás y vestirme al mismo tiempo, llegar a la calle sin respiración.

No denuncié aquel hombre que me violó, ni siquiera se lo conté a nadie. De eso han pasado veinte años y las mujeres aún no éramos un grupo fuerte que se apoyara y saliera a la calle. Me fui a mi casa sola, sintiendo miedo y asco, pero con un gran alivio por haberla librado de algo peor.

Si esa mañana yo hubiera puesto la denuncia, solo habría tenido mi palabra contra la de él, había señales de violencia en mi cuerpo, no me había pegado, ni forzado sexualmente, había testigos que nos vieron juntos esa noche, divirtiéndonos, coqueteando, besándonos, testigos que me vieron entrando a la casa voluntariamente, ni siquiera lloraba.

Convencerlos de que me había querido ir con el voluntariamente pero que, en un determinado momento de la noche, pero que él se transformó y le había dicho que no.

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